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Rutas por Mérida

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APARTADOS:

RUTAS POR MÉRIDA
Ruta: Mérida Imprescindible
Ruta: El centro de la ciudad
Ruta: Valle del Albarregas
Ruta: Orillas del Guadiana


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RUTAS POR MÉRIDA


Mérida Imprescindible

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El TEATRO ROMANO
se construye bajo el patrocinio de Agripa, yerno de Augusto, a caballo entre los años 16 y 15 a.C., cuando la Colonia fue promovida como capital provincial de la Lusitania. Al igual que el edificio contiguo del Anfiteatro, el Teatro se edificó parcialmente en la ladera de un cerro, lo que abarató sustancialmente los costes de su fábrica. El resto se erigió en obra de hormigón forrada de sillares. Aunque los romanos no eran muy aficionados al teatro, una ciudad de prestigio no podía dejar de contar con un edificio para los juegos escénicos.

El de Augusta Emerita fue especialmente generoso en su cabida: unos seis mil espectadores. Éstos se distribuían de abajo a arriba según su rango social en tres sectores de gradas, caveas summa, media e ima, separados por pasillos y barreras. A todas las gradas se accedía con facilidad desde escalerillas distribuidas de manera radial por las caveas. A través de pasillos se llegaba a las puertas de acceso o vomitorios. El espacio semicircular donde se ubicaba el coro, la orchestra, luce un suelo mármol fruto de una reforma tardía. Tras la orchestra se eleva el muro del proscenio, de exedras circulares y rectangulares. Sobre él se desplegaba la escena. Originalmente era un entarimado de madera bajo el que se distribuían todos los artilugios de la tramoya.

La escena se cierra con un muro de treinta metros de altura, el frons scaenae, estructurado en dos cuerpos de columnas entre la cuales podemos ver estatuas de emperadores divinizados y de dioses del mundo subterráneo. Todo se eleva sobre un podio decorado con ricos mármoles. En el frente escénico se encuentran tres vanos por los que accedían los actores al escenario. El central, la valva regia, remata en dintel sobre el que se asienta la estatua sedente de la diosa Ceres (o Livia, la mujer de Augusto, deificada). Desde la coronación del frente escénico pendería una marquesina de madera para mejorar la acústica del recinto, ya de por sí excelente.

Tras el muro del frente escénico se desarrolla un amplio jardín porticado cerrado por muros con hornacinas que fueron decoradas con estatuas de miembros de la familia imperial. En el eje de este pórtico, en línea con la valva regia y el espacio sagrado de la ima cavea, se halla la aula sacra, un pequeño espacio sagrado con una mesa de altar donde se honraba a la figura del divino Augusto.

En el extremo oeste del pórtico del Teatro podemos ver la CASA DEL TEATRO, vivienda cuyo excavador, José Ramón Mélida, creyó que las estancias dotadas de ábsides con ventanas en sus cabeceras, formaban parte de una iglesia donde se reunía una de las primeras comunidades cristianas, de ahí que la denominase “Casa-Basílica”. La entrada de la casa se encuentra al oeste y da a una calzada realizada con lastras de diorita, que discurre de este a oeste. Las fauces de la vivienda dan a una serie de estancias que se articulan en torno a un patio que estuvo porticado y en cuyo centro se aprecia aún los restos de un estanque. Algunas estancias conservan restos de mosaicos decorados con temas geométricos y de lazadas vegetales. Salvo el suelo de la zona del ábside, que posiblemente estuvo enlosado con mármol, el resto de la estancia estuvo decorada con un mosaico en el que destaca la presencia de una crátera inscrita en un cuadrado.

El ANFITEATRO fué erigido en el 8 a.C. como atestiguan las inscripciones halladas en sus tribunas y sirvió de escenario para espectáculos muy populares: los juegos de gladiadores, las cacerías de fieras y la lucha entre animales salvajes en escenarios artifíciales que recreaban bosques, selvas con lagunas o desiertos, todo ello sobre las grandes tarimas de madera que formaban la arena. La cabida aproximada de este coso gigantesco era de entre quince y dieciséis mil espectadores.

Contiguo al Teatro, está separado de él por una calzada que circunda ambos edificios. Con más pobreza de medios, este edificio se alzó de manera similar a la del Teatro y, como aquel, es fruto de diversas fases. Para abaratar costes, parte del graderío se asentaba sobre cajas de fábrica rellenas de tierra fuertemente apisonada. Los paramentos eran de piedra del lugar bien desbastada. En ocasiones las tongadas de los paramentos se igualaban con verdugadas de ladrillo. En los arcos de los vanos de acceso, se utilizaban sillares presentando el característico almohadillado de época augustea. La distribución del graderío era similar a la del Teatro, aunque hoy solo se conserva bien la cavea ima y algunos sectores de la cavea media. Flanqueando las puertas de los ejes mayores, hay una serie de estancias que, o bien se usaron a modo de jaula para las fieras como de estancias donde se preparaban los gladiadores. En la arena se aprecia la presencia de un gran foso. En él se asentaban los pilares de madera que sostenían las tarimas y, bajo las cuales, se ocultaban todos los ingenios necesarios para el desarrollo de unos espectáculos tan complejos.

Fuera del recinto anterior, que engloba Teatro y Anfiteatro,y a unos pocos metros, se encuentra la CASA DEL ANFITEATRO, zona arqueológica que se encuentraba fuera de las murallas de Augusta Emerita, en una zona donde cohabitaron viviendas con espacios funerarios e industriales. Engloba dos casas: la Casa de la Torre del Agua, del siglo I a.C., y la Casa del Anfiteatro, que tuvo una vida algo más longeva, desde finales de siglo III a.C. hasta inicios del V d.C.

De la Casa de la Torre del Agua poco es lo que se conserva, ya que quedó arruinada por el paso de un arroyo. Este arroyo era salvado por la conducción hidráulica de San Lázaro por un arco, cuya clave de granito está decorada con una cabeza de león. La Casa del Anfiteatro es un complejo doméstico de gran extensión. Parte de él se articula en torno a un patio porticado de planta trapezoidal, ajardinado en su parte central, donde también existe un pozo y una fuente. Una de las habitaciones que da a este patio, posiblemente un comedor o triclinio, tiene un suelo de mosaico en cuyo emblema central se representan con realismo escenas de vendimia y de la pisa de la uva, así como a Venus acompañada de un Amorcillo. En el lado nororiental de esta zona de la casa se ubica la cocina y un conjunto termal.

Para terminar hay que visitar el MUSEO NACIONAL DE ARTE ROMANO, obra del prestigioso arquitecto riojano Rafael Moneo Vallés con sus colosales dimensiones, con el uso reiterado del arco de medio punto y con el empleo de ladrillo y hormigón, recrea los grandes edificios de la tardorromanidad, como las termas de Diocleciano de Roma o el mausoleo de Gordiano en Tesalónica. En su interior podremos admirar una de las mejores colecciones de escultura romana y de mosaicos de la península. A través de la visita a sus salas comprenderemos cómo funcionaba una gran ciudad romana y cómo desde ésta se administraba una vasta provincia, la más occidental del Imperio Romano. También visitar este Museo nos permite acercarnos a los más variados aspectos de la vida diaria de los primeros emeritenses. Su cripta alberga, entre otros vestigios, restos de viviendas extramuros decoradas con interesantes pinturas así como algunos enterramientos.

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El centro de la ciudad


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La ruta comienza en las TERMAS DE LA CALLE PONTEZUELAS situadas en un solar que antaño ocupara hasta el año 2002 un secadero de jamones en donde aparecieron restos de viviendas del siglo I ubicadas fuera de las murallas de la ciudad y, también, un conjunto termal cuya planta se conserva casi íntegra.

A escasos metros de las termas, haciendo esquina con las calles José Ramón Mélida y Sagasta, se construyó un edificio residencial en cuya planta sótano se abrió el Centro de Interpretación de las Siete Sillas. En él podemos ver un pequeño tramo de la muralla, con una torre de planta redonda adosada. Dentro de la muralla y unida a ella, encontramos algunas estancias pertenecientes a una vivienda, una de ellas con suelo de mosaico bícromo.

Después se llega a la PUERTA DE LA VILLA, plaza en cuyo centro se alza una fuente con una estatua femenina de bronce. Representa a la arqueología como una mujer vestida a la usanza romana, portando un ramo de laurel en una de sus manos. La escultura es obra del afamado escultor local Juan de Ávalos. Ésta se hizo en homenaje a los arqueólogos que iniciaron las excavaciones en Mérida a comienzos del siglo XX. Si miramos al fondo, a nuestra derecha, descubrimos la presencia de otra estatua, en este caso de mármol. Es la representación ideal de la Mártir Eulalia, patrona de la ciudad. Fue realizada por otro escultor emeritense: Eduardo Zancaza.

A nuestra izquierda se abre la calle de Santa Eulalia, verdadera arteria vital de la ciudad que perpetúa el que fuera eje de la Colonia romana, el decumanus Maximus. Esta vía seccionaba la urbe de oeste a este, desde la puerta del puente sobre el Guadiana hasta donde nosotros nos hallamos ahora, lugar en el que estuvo ubicada otra puerta, de ahí que esta plaza reciba el nombre de Puerta de la Villa. Los accesos a la Sala Decumanus nos muestran un fragmento del decumanus maximus, con sus losas de diorita y cuarcita, así como restos de los pórticos que la flanqueaban. Ya dentro de la citada Sala, merece la pena admirar un testimonio arqueológico singular. Se trata de un aljibe romano utilizado por los primeros cristianos de la localidad como improvisada iglesia.

A través de las calles Berzocana y San José confluimos en la calle Sagasta. El primer conjunto con el que nos encontramos es el denominado PÓRTICO DEL FORO. Se trata de la esquina de un pórtico monumental que formaba parte del grandioso programa propagandístico del antiguo Foro Municipal de Augusta Emerita. Éste pórtico fue erigido hacia mediados del siglo I a imagen y semejanza del Foro de Augusto en Roma.

Siguiendo más abajo por la Calle Sagasta llegamos al TEMPLO DE DIANA, un Templo de Culto Imperial ubicado al fondo de una gran plaza que fue parcialmente nivelada, ya que se evidencian en algunas zonas restos de un criptopórtico. El templo, de planta rectangular, se alza sobre un alto podio de granito que concluye en molduras. Sobre él asienta la columnata cuyos tambores de granito estuvieron estucados y pintados. Esta columnata rodea todo el templo. Debió de erigirse aún bajo el poder de Augusto. Su estado de conservación excepcional se debe a que, durante siglos, el templo sirvió de cimiento y armazón del Palacio renacentista del Conde de los Corbos, del que se conservan aún algunas partes.

Recorremos toda la calle Romero Leal, donde aún se conservan algunas casonas solariegas decimonónicas o de los inicios del siglo XX para llegar al CENTRO CULTURAL ALCAZABA, en cuyo interior podremos ver restos de manzanas de la ciudad romana delimitadas por calzadas. Estas manzanas presentan una mezcolanza de estructuras de diversos momentos y con funciones diversas, así un espacio público altoimperial del que se conserva un gran estanque, posteriormente reutilizado para la edificación de unas termas.

Antes de llegar a la Plaza de España, es obligado pasar por la Plaza del Rastro, donde podemos admirar la fachada del Conventual de la Orden de Santiago. El acceso al edificio se hace a través de una portada en arco de medio punto. Al cuerpo principal de Conventual se une la torre del homenaje, un sólido cubo con un único y minúsculo vano. Adosada a ésta vemos la fachada de la que fuera la iglesia prioral, reformada para albergar un salón de actos. Este edificio es hoy la sede la Presidencia del Gobierno de Extremadura.

En la PLAZA DE ESPAÑA destaca la presencia, en su centro, de una fuente neobarroca de mármol de finales del XIX, obra del taller lisboeta de Germano José do Salles. De un gran estanque circular emerge un pedestal con amorcillos que, montados sobre delfines, van haciendo sonar unas cornucopias. Los soportales que se conservan, y que circundaban todo el recinto, son fruto de varias reformas.

El edificio más antiguo de todos cuantos rodean la Plaza de España es la CONCATEDRAL DE SANTA MARÍA LA MAYOR. El hallazgo de alguna pieza visigoda hace pensar que aquí se ubicó la famosa catedral matriz de Santa María de Jerusalén, con su baptisterio, el palacio obispal y el atrio que los unía. Lo cierto es que, reconquistada la ciudad, se erigió aquí una ermita que fue progresivamente ampliada. Hoy se nos presenta como un conjunto gótico arcaizante, es decir, un templo muy macizo y achaparrado, con sencillos pináculos en la cabecera.

Alrededor de la Plaza podemos contemplar también el Palacio de los Mendoza y La casa de los Pacheco, el Círculo Emeritense, la Casa Consistorial y el Palacio de la China.

Subiendo por la Calle Santa Julia accedemos a la ANTIGUA IGLESIA DE SANTA CLARA, convento que fuera de los monjas Clarisas y que no quedó bien rematado hasta el siglo XVII. Es una obra señera del barroco clasicista, a pesar de los muchos avatares que tuvo su edificación. En el interior se encuentra la Colección Visigoda que contiene multitud de testimonios de lo que fue la Mérida Visigoda, especialmente de las piezas que los decoraron: cimacios, pilastras, ventanas, columnas, celosías, o que formaron parte de la liturgia en las iglesias del poderoso obispado emeritense: canceles, pilas, mesas de altar. También podemos ver laudas o inscripciones sepulcrales de los cristianos de esa época, así como objetos de orfebrería, cerámica y vidrio.

A través de un estrecho callejón que discurre entre la cabecera de la antigua Iglesia de Santa Clara y las traseras de la casa de los Pacheco, desembocamos en la recoleta plazuela de Santa Clara, que se une a otra plazoleta a la que mira el edificio del ANTIGUO HOSPITAL DE SAN JUAN DE DIOS, hoy sede del Parlamento Autonómico. Esta fundación franciscana es de corte barroco, presenta zócalos y esquinas de granito, en tanto que el resto de las fábricas y las portadas son de ladrillo. Su interior se articula en torno a un patio porticado de dos alturas, la primera con arcos de medio punto y, la segunda, con una galería de arcos rebajados.

Muy cerca de ahí se encuentra el ARCO DE TRAJANO, que fue la monumental puerta de acceso al espacio sagrado (temenos) que circundaba a un gigantesco templo de culto imperial. El arco de medio punto, que conserva una altura de 15 metros desde el arranque de las pilas, era el vano central de una puerta con tres arcos, siendo los dos laterales menores y rebajados. Toda su estructura estaba realizada en sillares de granito.

Próximo al arco se encuentra el antiguo Convento de las Concepcionistas, donde se mezclan los estilos renacentista y barroco.

A pocos metros, subiendo por la Calle San Francisco se encuentra el ANTIGUO HOSPITAL DE JESÚS NAZARENO, edificio en el que no han dejado de hacerse reformas desde el inicio de su construcción, allá por 1725. Fue convento, hospital de pobres, hospital de campaña, cárcel y museo. Hoy este inmueble alberga uno de los paradores nacionales más lujosos y antiguos, ya que fue inaugurado ni más ni menos que por el Rey Alfonso XIII. Conviene entrar y ver el pequeño claustro que hay en su interior. Sus columnas, procedentes de edificios romanos o visigodos, muestran en sus fustes inscripciones cúficas árabes con invocaciones a Alá.

Si bajamos unos metros por la Calle Holguín, nos encontramos con los restos del Templo del Foro Provincial, del que sólo podemos ver una esquina de su podio. Su núcleo es de hormigón forrado de sillares. Algunos de los fragmentos de tambores de columnas conservados, todos de mármol, prueban la magnificencia con la que fue construido este edificio y, sobre todo, su colosalismo ya que, sólo el podio, tiene 3,10 metros de altura en lo conservado.

Muy cerca de los restos de este templo, y para concluir nuestra ruta, se halla la IGLESIA DEL CARMEN, que fue erigido por la Orden de los Franciscanos Descalzos a mediados del siglo XVIII, pasando a ser manicomio tras su desamortización. La iglesia luce en su portada curiosos blasones de la ciudad. Es un ejemplo más del barroco clasicista, el más prolífico de la ciudad.

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Valle del Albarregas


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La ruta comienza en la Avenida Juan Carlos I visitando el CIRCO ROMANO, uno de los circos mejor conservados del Imperio y, también, uno de los más grandiosos. Sus dimensiones lo certifican, cuatrocientos tres metros de largo por noventa y seis y medio de anchura. Allí se podrá visitar el Centro de Interpretación del Circo, que posee un mirador en la parte superior que permite ver el trazado íntegro del circo. Además, en su sala expositiva, se ofrece al visitante diferentes aspectos relacionados con los circos romanos mediante varios recursos didácticos: paneles, maqueta y audiovisual.

A pocos metros, justo enfrente del Circo, se encuentran el ACUEDUCTO Y LAS TERMAS DE SAN LÁZARO. Este acueducto es el que permitía salvar el valle del Albarregas a una red de conducciones de aguas que, procedente de manantiales y arroyos subterráneos ubicados al Norte de la ciudad, aún se conserva íntegra en buena parte de sus tramos. Bajo los imponentes arcos que se conservan de este acueducto pasaba la calzada que más adelante se bifurcaba bien dirección hacia Córdoba, bien hacia Toledo y Zaragoza. En el siglo XVI el acueducto romano estaba inutilizado. En lugar de restaurarlo, el ayuntamiento prefirió construir otro nuevo, que se conserva en toda su integridad. A muy pocos metros de este acueducto se pueden ver restos de una termas romanas.

Cruzando uno de los arcos peatonales del acueducto entramos en la Barriada de Santa Catalina en donde en su extremo oeste se encuentra el XENODOCHIUM, donde se encuentran los restos de un hospital de época visigoda. Lo conservado nos muestra un edificio central, orientado de este a oeste, de planta rectangular rematado en ábside. Dicho ábside está flanqueado por sendas habitaciones cuyos muros presentan contrafuertes.

Para llegar al próximo destino hay que cruzar el subterráneo de las vías del tren y nos encontramos un extenso solar en el cual, hasta no hace mucho, se erigía el Cuartel de Artillería “Hernán Cortés”. Las excavaciones arqueológicas que se llevan desarrollando aquí desde hace varios años han dado han sacado a la luz una gran concentración de sepulturas de época romana alternando con restos de algunas mansiones suburbanas.

Cerca de ahí y a la sombra de un bloque de viviendas contemporáneo encontramos unas TERMAS Y POZO DE NIEVE, complejo de época romana al cual los científicos, desde su hallazgo en 1920, han asignado distintos usos: termas, baptisterio, sede de alguna religión mistérica, fábrica de vidrio e, incluso un complejo para el almacenaje y distribución de aguas. Hoy todos los trabajos parecen apuntar a la existencia de un pozo para conservar la nieve en la cámara circular inferior, de época altoimperial, en tanto que las estancias del piso superior, del siglo III o IV d.C., pudieron tener un uso termal. Lo cierto es que, entre los siglos XVII y XIX, consta por diversas fuentes que estas estructuras sirvieron para albergar el pozo de nieve de Mérida.

Si nos acercamos a nuestro próximo destino a través de la Rambla de Santa Eulalia, llegaremos a un rincón recoleto que une los Parques López de Ayala y de la Rambla. En este lugar se alza el obelisco que los emeritenses del siglo XVII erigieron a Santa Eulalia con piezas excepcionales procedentes del Templo a la Concordia de Augusto.

Subiendo por la Avenida de Extremadura llegamos al recinto que alberga el TEMPLO DE MARTE (HORNITO) Y LA BASÍLICA DE SANTA EULALIA. En el acceso al atrio de la Basílica de Santa Eulalia vemos un edificio de reducidas dimensiones que se trata de un oratorio dedicado a Eulalia, conocido popularmente como “El Hornito”. Su pórtico está realizado con piezas de mármol extraídas a principios del siglo XVII de un lugar indeterminado de la ciudad. Todas ellas pertenecieron al Templo que la colonia Romana dedicó al Dios Marte.

Ya en el interior de la basílica se pueden observar un muestrario de sepulturas de épocas bien distintas. Así mausoleos tardoromanos de considerables dimensiones, como el que está redecorado con pinturas del siglo XVI que representan estaciones del Calvario, a San Juan, Santa Ana y San Martín. O el sepulcro sellado por un mosaico en el que se representaba al difunto de pié entre cortinajes. Sepulcros de época visigoda sellados con una losa sepulcral de mármol, como el del ilustre varón Gregorio, luego reutilizado para enterrar a Eleuterio y a Perpetua. Criptas funerarias como la de los obispos hasta llegar a tumbas de egregias familias locales del siglo XVI y XVII, como la de los Moscoso o los Mejía.

Antes de dejar este conjunto arqueológico y monumental, podemos constatar que, adosado a la iglesia medieval, hay un edificio de gusto renacentista en la segunda planta, hecha toda ella a base de tapial y ladrillo, en tanto la primera planta es de estilo gótico y está levantada con cantería de granito. Se trata del Convento de las Freylas de Santiago, fundado en el siglo XVI.

Al final de la calle Marquesa de Pinares se encuentra el ACUEDUCTO DE LOS MILAGROS, colosal acueducto que forma parte de una conducción hidráulica que traía aguas procedentes del pantano de Proserpina. Popularmente es conocida como “Los Milagros” por la admiración que causaba en lugareños y forasteros su estado de conservación a pesar de los avatares del tiempo. Y no es para menos, pues se conservan más de ochocientos metros de este acueducto, alguna de cuyas pilas de granito y ladrillo se alzan veintisiete metros por encima del terreno.

En el extremo norte, al iniciarse el pequeño valle del Arroyo Albarregas, la conducción contó con una piscina para depurar las aguas, la Piscina limaria), que servía a la vez de fuente.

Siguiendo el cauce del Albarregas, se puede contemplar el PUENTE ROMANO SOBRE EL ALBARREGAS. En este puente confluía tanto la vía principal que seccionaba la urbe de este a oeste, el cardo maximo, como alguna otra vía perimetral que circundaba la ciudad desde el oeste. De él partía la calzada que llevaba a Astorga y que es conocida como Vía de la Plata, calzada que se conserva parcialmente en algunos tramos a unos tres kilómetros al norte de la ciudad, discurriendo casi paralela a la Carretera Nacional 630.

Como fin de la ruta podemos ver el CASTELLUM AQUAE que se encuentra en la cota más elevada del Cerro del Calvario. Hasta mediados de los setenta formó parte de la estructura de la ermita del Calvario, donde tenía su sede la Cofradía de Penintencia más antigua de la ciudad. El derribo de este edificio puso al descubierto la que probablemente fuera la torre desde la que se distribuyeran, por toda la zona norte de Augusta Emerita, las aguas procedentes de la conducción hidráulica de Proserpina.

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Orillas del Guadiana


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Comienza la ruta en la ZONA ARQUEOLÓGICA DE MORERÍAS, una parcela de 14 m2 que, hasta principios de la década de los años noventa del siglo pasado, ocupara el barrio humilde de Morerías, y que hoy es uno de los yacimientos arqueológicos urbanos más grandes de la península. En Morerías se conserva el tramo de muralla romana más extenso de los sacados a la luz, mostrándonos no sólo su fábrica original (cuya anchura conservada es de casi tres metros y la altura pudo llegar a ser de ocho metros) y los refuerzos que ya en momentos tardíos del Imperio se le adosaron, sino también puertas, portillos y pasos de ronda. Pero lo que nos ofrece Morerías es una clara visión de la evolución del urbanismo emeritense desde el siglo I hasta época visigoda. Vemos cómo se modifican poco a poco las calzadas porticadas, las viviendas y las manzanas en la que quedan englobadas. Y, sobre todo, la denominada Casa de “Los Mármoles”, que nos muestra toda la suntuosidad de una vivienda a finales del siglo III, la época de mayor apogeo de la ciudad.

Al salir del recinto, en la rotonda que da entrada al majestuoso PUENTE LUSITANIA, se puede contemplar una fuente con una réplica a tamaño natural de Augusto vestido de general de las legiones, copia fiel de la estatua en mármol hallada en Prima Porta, y que hoy se conserva en los Museos Vaticanos.

Si seguimos por el Paseo de Roma llegamos hasta el PUENTE ROMANO, uno de los más largos de la antigüedad, y cuya construcción dá sentido a la existencia de esta ciudad y, por su valor estratégico, un elemento crucial para el comercio y para todas las guerras que han tenido como escenario al occidente de la península. El puente, obra de tiempos de la fundación de la Colonia, esta construido en su integridad de hormigón forrado de sillares de granito, está hoy compuesto por sesenta arcos de medio punto, tiene casi ochocientos metros de largo y doce metros de alto en los puntos más elevados. Los robustos pilares sobre los que se asientan estos arcos presentan tajamares redondeados aguas arriba en aquellos tramos que podían ser más castigados por la corriente. Además, las pilas de estos tramos están perforadas con arquillos a modo de aliviaderos, con el fin de reducir la resistencia a la corriente de una obra tan robusta como es la de este puente.

No dejamos el puente, pues desde aquí tenemos una excelente visión de la Alcazaba emiral, del dique romano que más adelante veremos y de la Mérida actual.

Desde aquí podemos admirar como la Mérida del presente ha ordenado su fachada al río con un significativo muestrario de nuestra arquitectura contemporánea. Así, en la margen derecha podemos ver el colosal edificio administrativo de las nuevas consejerías que Juan Navarro Baldeweg construyó sobre las ruinas de Morerías. En la margen izquierda, junto a la embocadura del puente, la Escuela de la Administración Pública, diseñada por Javier Saínz de Oiza. A su izquierda una fuente con la representación del dios Océano, obra del escultor cordobés Aurelio Teno. Entre la arboleda podemos ver otro grupo escultórico, en esta ocasión es una obra de Rufino Mesa denominada “Las Siete Sillas”. Son siete bloques de granito que simbolizan a la summa cavea del Teatro Romano como siete estantes para libros. Más al fondo, destaca la mole gris de la Biblioteca Pública del Estado “Jesús Delgado Valhondo”, diseñada por Luis Arranz. Y, mas allá del puente Lusitania, dos gigantescos bloques de hormigón y cristal albergan el Palacio de Exposiciones y Congresos. Los arquitectos Enrique Sobejano y Fuensanta Nieto idearon este original edificio como una obra en relieve, pues todo el paramento de este edificio está compuestos por cientos de placas de hormigón que reproducen la planta del conjunto arqueológico de Mérida.

Antes de entrar al recinto de la Alcazaba Árabe, en el centro de una pequeña rotonda, podemos ver una réplica de la Loba Capitolina, regalo de la ciudad de Roma a Mérida.

LA ALCAZABA es una gran fortaleza que fue erigida en la Márida musulmana por el emir omeya Abderramán II en el 835 de nuestra era. El encargado de trazarla fue el arquitecto Abd Allah. Para ejecutar esta Alcazaba, la más antigua de la península, éste se inspiró en modelos bizantinos. La finalidad de ese recinto fortificado era múltiple: servir como sede de las dependencias administrativas omeyas y residencia del gobernador local, pero sobre todo fue el filtro de acceso a la ciudad desde el puente romano, el refugio de la minoría árabe durante las reiteradas algaradas locales contra el poder cordobés y la plaza donde se acantonaban tropas del emir, bien para sofocar las revueltas de los mozárabes meridíes, bien para efectuar incursiones de hostigamiento en los reinos cristianos del Norte.

En el interior destaca la presencia de un aljibe, ejemplar único de la arqueología peninsular, ejecutado con piezas de arquitectura decorativa romanas y visigodas. Sobre éste se ubicó una mezquita, de la que se conserva su planta, luego convertida en iglesia. No se conserva el que fuera tercer piso de este conjunto, en el que quizá se ubicara una torre de señales.

Pocas ciudades de Hispania se urbanizaron tan a conciencia como Augusta Emerita. Una prueba más de ello es la existencia de un extenso dique de contención de aguas en la margen derecha del Guadiana. Es ese recio muro con contrafuertes, con zócalo de sillares almohadillados y el resto del alzado en mampostería, que vemos prolongarse desde la Alcazaba hasta el lugar en el que se destacan las marquesinas de unos aparcamientos públicos. Originalmente el dique recorría todo el tramo de la ciudad que daba al río es decir, desde los bloques de viviendas de ladrillo que vemos al fondo hasta unos metros más allá del Puente Lusitania. Sobre un tramo del dique podemos ver como se asienta el tramo de muralla de la Alcazaba que mira al Guadiana.

Dejando la margen del río y adentrándonos al interior nos encontramos con la plaza de toros de Mérida, obra del insigne arquitecto badajocense Ventura Vaca, se inauguró en 1914. Durante los trabajos de cimentación del coso apareció un conjunto de esculturas romanas, algunas de ellas donadas por un importante sacerdote encargado del culto al dios Mitra.
Casa del Mitreo

En un solar contiguo a la plaza de toros, se encuentra la llamada CASA DEL MITREO, vivienda edificada a finales del siglo I e inicios del II d.C. fuera de las murallas de la ciudad, sin restricciones para su crecimiento. Sin duda, su extensión y la decoración de algunas de sus estancias denotan que sus propietarios fueron personajes de relevancia dentro de la sociedad emeritense, formados en la cultura helenística. En una de las habitaciones de la casa se conserva el mosaico del Cosmos. En él se representa, con gran colorido y realismo, un abigarrado conjunto de figuras humanas que vienen a representar los distintos componentes del universo conocido, partiendo de los elementos terrenos y marinos hasta llegar a los celestes, pero todos girando alrededor de una figura primordial, la de la Eternidad (Aeternitas).

Antes de dejar este espacio, nos habrá llamado la atención un grupo escultórico de bronce de dimensiones colosales que emerge al sur, tras la Casa del Mitreo. Se trata de una Piedad obra del escultor Juan de Ávalos, elevado en memoria de todos los emeritenses caídos en todas las guerras.
Columbarios

Desde la Casa del Mitreo, a través de un largo corredor flanqueado por cipreses, llegamos a un espacio abierto en el que se nos muestran los distintos tipos de ritos funerarios y las variadas formas que han tenido los emeritenses de recordar a sus muertos a lo largo de la historia, estamos en los COLUMBARIOS. Al fondo, en una pequeña vaguada, se alzan dos edificios de pequeñas proporciones y que, originalmente, estaban desprovistos de cubierta. En estos edificios se depositaron las urnas cinerarias de sendas familias, la de los Voconios y la de los Julios. Siguiendo una vereda, al sur de este conjunto, nos encontramos con restos de dos mausoleos semisubterráneos con cubierta en bóveda de cañón, construidos en hormigón (opus caementicium). Se accedía a éstos a través de unas breves escalerillas. En su interior se aprecian los arcosolios donde pudieron depositarse las urnas cinerarias. Este conjunto funerario es del siglo I d.C.

Terminamos la ruta a pocos metros de los Columbarios, a uno de los lados de la Avenida Ensanche, por discurre la conducción hidráulica que, procedente del pantano de Cornalvo, surtía de agua a la zona sur de la ciudad. Lo conservado son restos de la caja del canal (specus), embutida en el paramento de la muralla romana, que, por el trazado, parece dirigirse hacia el lugar en el que se hallaba la torre de distribución de aguas que, posiblemente, sea el que hoy ocupa la arena de la Plaza de Toros. De las cuatro conducciones hidráulicas que dotaron de agua a la ciudad, esta es la única de la que sabemos su nombre real, "Aqua Augusta".

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